martes, 14 de julio de 2009

Hado (selección)

El aire parecía cuajado, el infranqueable manto albo detenía cualquier intento de brisa, el más leve roce luminoso se veía frenado por el grueso muro, vapor nacido del piélago que únicamente se veía herido por la llegada del gemido del puerto; el misterioso cíclope, que se levantaba triunfante en el farallón, osaba con su blancura de cal enfrentarse a la densidad nebulosa que parecía terciopelo níveo prestado por Poseidón al mundo en un momento de abandono. El gigante blindado con su coraza de luz cortaba burlonamente la obscuridad envolvente del océano; sin abandonar su entretenimiento humillaba la cortina permitiendo el paso de los viajeros al muelle. Agreste al entorno, cual ogro enfurecido, dejaba escapar un aullido que cualquier ser que le escuchase podría identificar como su llamado a la eternidad, este bramido intermitente mostraba su sonoridad desafiando la fuerza de las olas en su embestida a la escarpadura que se alzaba solemne desde la tierra.

Como si fuesen garras sosteniendo una presa, la base soportaba su hercúlea construcción y mantenía perenne la luz que exhalaba su potente ojo. Este rayo, intento de imitación del sol, certeza del marino, acariciaba dulcemente en lontananza el espejo en donde Apolo se refleja durante su curso por el cielo garzo que sirve de refugio para Arges y sus hermanos; haz de luz con reflejos de ensueños, corazón piadoso del gran centinela, cómplice del plagio marino, que cada noche rapta los suaves labios de la arena dejándole en pago el melancólico sereno de sus besos.

En el refugio que ofrece el puerto a las naves, un fantasma se abre paso lentamente a través de la niebla, trasgo endrino que deja tras de sí una negra estela que cual jirones enloquecidos por el viento bailan entre sus piernas, le sigue una silueta un tanto incoherente con su estructura, cuál es su color exactamente, no lo sé, logra confundirse perfectamente en el entorno, del matiz de las nubes tormentosas tal vez, lechoso, quizá es del color del polvo, de andar silencioso que rompe de cuando en cuando con un leve jadeo. Se retrasa, algo espera, se detiene, se impacienta, al momento aparece una imagen que cualquier ser mundano alabaría: Menudo, sutil, gracioso. Con sus pequeñas manecitas acaricia a la enorme bestia que le monta guardia y lo apresta para seguir los pasos que marcaron al bruto el camino a seguir. El pequeño alcanza la enorme silueta que se recorta en el fondo drásticamente y que fuera de tono le extiende la mano cariñoso y con voz tersa, ronca cual ronroneo de león, dice: - Vamos hijo, hay que llegar al hotel antes de que comience la actividad y nos sea imposible movernos.

2 comentarios:

  1. La primera vez que leí este poema fué en el año 2004. Al leerlo de nuevo regresó la misma magia que causó desde el primer momento.

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  2. Muchas gracias por el comentario, es un halago. No deseo ser grosera, pero ¿quién eres?

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