domingo, 23 de mayo de 2010
¿En dónde estás?
Logro escuchar tu voz en mis recuerdos, sentir tus caricias en mi memoria y ver tu sonrisa en mi corazón, sin embargo y a pesar de todo lo que percibo, me pregunto ¿dónde estás?
Caperucita Roja (Cuento Completo, versión original) Charles Perrault
Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
-Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.
-¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.
-Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.
-¿Quién es?
-Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.
-¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
-Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
-Es para correr mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
-Es para oírte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!
-Es para verte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
-¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
-Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.
-¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.
-Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.
-¿Quién es?
-Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.
-¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
-Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
-Es para correr mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
-Es para oírte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!
-Es para verte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
-¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió
domingo, 16 de mayo de 2010
Sin título y sin terminar... por el momento
Tal pareciera que el cielo ha llorado lo que mis ojos se niegan a llorar. Llorar toda la tristeza y el dolor que hay en mi interior y no me permite respirar, ese dolor que agobia y desespera.
Tal pareciera que las nubes se apiadan de mí y me prestan las claras lágrimas para compensar el estío que me invade.
Sin embargo a pesar de su gesto, no encuentro consuelo y la sensación no cede.
Tal pareciera que las nubes se apiadan de mí y me prestan las claras lágrimas para compensar el estío que me invade.
Sin embargo a pesar de su gesto, no encuentro consuelo y la sensación no cede.
viernes, 14 de mayo de 2010
Caí nuevamente
Nuevamente he sucumbido ante el dolor, todo se esta juntando; he confirmado que la alegría viene, al igual que el dolor, por rachas, o eres increíblemente feliz o te encuentras desolado. Siempre he sostenido que la vida es fácil, el único problema es que nos encanta dificultarla.
Lo único que queda es levantarme, ver el raspón de mis rodillas y seguir caminando, eso es todo.
Lo único que queda es levantarme, ver el raspón de mis rodillas y seguir caminando, eso es todo.
jueves, 13 de mayo de 2010
Rayuela
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
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Julio Cortazar,
Mis escritores favoritos
miércoles, 12 de mayo de 2010
No entiendo
Es impresionante cómo el mundo se está cayendo a pedazos y pocos son los interesados, unos intentan salvar el medio ambiente a cualquier precio, otros alaban la tecnocracia que nos guía, pero en dónde han quedado los humanistas, dónde se fueron los amantes del ser humano, de los valores y de la ética, del principio de la sociedad. Estamos criando niños materialistas y banales, a quienes importa más poseer el video juego de vanguardia que saber dónde queda Maputo o que cuestiona la adquisición de conocimiento, sosteniendo que es inútil aprender, el negocio es hacer negocio sin importar que aplaste al prójimo.
Dónde quedaron los valores de nuestros padres, no digo que eduquemos como ellos, pero sí que aprendamos a enseñar los mismos valores. Ahora, so pretexto de "mi hijo no va a sufrir lo que yo" estamos teniendo generaciones de pequeños tiranos irrespetuosos.
Pensemos bien lo que estamos haciendo en contra de las nuevas generaciones, si lo analizamos bien, no es su culpa, es la nuestra, no hemos sabido amarlos y críarlos con carencias.
Recordemos que el árbol fuerte no es el mimado, es aquel que se sobrevive a las fuerzas de la naturaleza, ya que sus raíces son las más profundas.
Dónde quedaron los valores de nuestros padres, no digo que eduquemos como ellos, pero sí que aprendamos a enseñar los mismos valores. Ahora, so pretexto de "mi hijo no va a sufrir lo que yo" estamos teniendo generaciones de pequeños tiranos irrespetuosos.
Pensemos bien lo que estamos haciendo en contra de las nuevas generaciones, si lo analizamos bien, no es su culpa, es la nuestra, no hemos sabido amarlos y críarlos con carencias.
Recordemos que el árbol fuerte no es el mimado, es aquel que se sobrevive a las fuerzas de la naturaleza, ya que sus raíces son las más profundas.
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