DULZURAS
Ninguna azucarera ha sido siempre de mi agrado, invariablemente me preguntan el por qué y nunca respondo algo diferente a “lo ignoro”, acompañado de un leve encogimiento de hombros. Alguna vez tuve la ocurrencia de contárselo a un personaje poseedor de aires de psicólogo, me respondió que tal vez era algún trauma de la infancia, obviamente, para mis pulgas, solté la carcajada mientras argüía: “Tú eres quien tiene el trauma infantil.”
Es raro, justamente hoy nada tengo que hacer y, lentamente, cual arena que se vacía en un reloj, un recuerdo hartó mi mente; comenzó con un leve destello evocando a mi padre, un ser absurdamente obsesivo con su entorno, siempre sorprendiéndome por esto. La imagen invocada fue cuando se ponía colérico en el momento en el cual el azúcar se llegaba a humedecer, aunque fuese un poco, y nosotros, mi madre y yo, éramos víctimas de su ira, yo a voces y mi madre a golpes. No sé por qué lo rememoro, ya que en ese entonces contaba con poco menos de cinco años; mi padre falleció a la siguiente primavera quedando en las tinieblas la razón de su deceso, encontraron su cuerpo inerte en la fábrica donde laboraba como velador, se supuso un asalto mas no existían rastros de violencia.
Siempre supe una cierta participación por parte de mi madre en la ausencia de mi progenitor. Desde el momento de su fallecimiento, a parte de que fuimos felices, nunca volvió a existir una azucarera en casa.
Un día mi abuela osó regalarnos una, después de realizar una visita de fin de semana y ver que sacábamos los dulces cristales directamente del envase. Como podrán suponer, el traste, cuyo origen era una tienda exclusiva, terminó siendo un apreciado regalo para una vecina que nos lo agradeció con un enorme platón henchido de galletas espolvoreadas con azúcar las cuales se convirtieron en mi fascinación.
Creo que mi amigo tuvo razón al proponerme que buscara en mi infancia para responder a la pregunta que tal vez me seguirá toda la vida.
sábado, 11 de julio de 2009
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