Me atas suavemente, te siento correr en el océano de la piel; huele a selva, a húmeda calidez que inunda el ambiente, te detienes un instante, pones boca abajo mi cuerpo y amordazas el nido de mis gemidos para evitar su escape y que huyan con el viento.
Nuevamente comienzas el ritual, algo ha cambiado, tu cuerpo arde junto al mío, más siento un delicioso frío recorriendo mis hombros, la espalda. Detienes el duro cristal helado justo donde termina la columna y empiezas, nuevamente, con tu lengua sobre el camino ya trazado, templando así mis sentidos y gozando de los sonidos contenidos.
Reinicias la vereda inconclusa que llega al oscuro rincón donde, las dos columnas precedentes de tu guarida, se estremecen de placer; disfrutas que no pueda rogarte ni detenerte, sujetas las manos y los tobillos; me regresas a la posición original y ahora, en la base del cuello, atormentas mi piel con bestiales besos, tan ardientes como fuego.
Recorres las cavidades de mi cuerpo hasta llegar al santuario donde, al entrar, se funde lentamente el breve témpano con el cual insinuaste el camino; penetras mientras dices -Eres mía, me perteneces- y al momento en que llego al profundo pozo del placer, desatas mi boca para escuchar el resultado de tu invasión, mientras curas lentamente, con tus labios, las marcas de las cintas que nos llevaron al deseo.
martes, 22 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminarBonito relato, me recuerda uno de cuando estudiaba en la universidad...
ResponderEliminar