jueves, 11 de marzo de 2010

La cita


Solo se escuchaban sus pasos retumbando en la solitaria calle, agradecía la niebla que prestaba discreción a su camino, el vapor poseía la suficiente densidad para ocultar su vestimenta, pues no era la más apropiada para la época y no deseaba llamar la atención; él la esperaba impacientemente en el estudio que se había convertido en el lugar donde podían ser ellos mismos y entregarse sin reservas.
Las callejuelas escuchaban morbosamente el sonido de sus sandalias de altos tacones, mientras las ventanas cerraban sus postigos para evitar la entrada de la humedad, tal parecía que cerraban los ojos a su paso, le concedían lo que los altos muros no: un refugio. Necesitaba llegar a su lado cuanto antes, lo extrañaba.
El estudio era acogedor, junto al ventanal que descubría una bella vista de la ciudad, se apreciaba una mesa, lo suficientemente grande para que compartieran la sal, pero al mismo tiempo tan pequeña para que pudieran acariciarse; sobre ella descansaban dos delicadas copas y una botella de su vino favorito.
En una esquina se encontraba una farola, cuya suave luz de petróleo, resplandecía llenando de una tenue iluminación el aposento; en contraesquina un librero, de madera oscurecida por el tiempo, guardaba celosamente las lecturas que compartían en momentos de solaz. Él iba y venía a través de la habitación evocando su perfume, olía a flores, pero no a flores frescas, tenía ese característico aroma de la miel, ligeramente ácido y penetrantemente floral, la tibieza de sus labios embotaban su memoria, el simple recuerdo de su roce le atestaba los sentidos. Abruptamente se detiene para observar el lecho vestido con las sábanas favoritas de ella, el algodón era suave al tacto, casi acariciante.
Ella alcanzó el portón que precedía al jardín donde se localizaba el estudio, cuidadosamente atravesó la grava que cubría el camino, acomodó el cuello del abrigo, revisó que todo estuviera en su lugar, los aretes, su bolso, los botones, y pasó nerviosamente las manos por su cabello. Contrario a su costumbre, no introdujo la llave en la antigua cerradura, tocó la pesada puerta de madera y esperó a que esta se abriera. A contraluz lo vio. El elegante traje azul acero dibujaba su cuerpo, mientras que la camisa blanca se abría descaradamente informal sobre su cuello. Él sonrió al verla, recorrió su cuerpo con la mirada, notó las sandalias de suaves lazos que se aferraban a sus pies, la tersa piel de sus piernas se asomaba coqueta bajo el abrigo, se dio cuenta que ella desabotonaba lentamente la prenda que la cubría, esperaba con ansia ver el vestido que le gustaba, ese vestido que le cubría el cuello de manera casi recatada, pero poseedor de un escote profundo en la espalda, que terminaba justo antes de llegar a la cadera, sin embargo se vio sorprendido al descubrir que un conjunto de lencería, junto con el perfume de su piel, era lo único que llevaba por vestido, la delicada tela de infinitos colores se adhería de una manera voluptuosa a su cuerpo, ella se dio cuenta del efecto que tenía sobre él, cuando la abrazó; sus besos hambrientos, casi bestiales, precedieron la fuerza del portazo, mientras terminaba de quitarle el abrigo y la conducía desesperadamente a la cama. Sus manos rápidas se deshicieron de la prenda justo al pie del lecho.
La lámpara apagó su temblorosa luz, dejando a los amantes rendirse ante los ardientes influjos de eros.

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